UN SELLO EN EL CORAZON
Ponme como un
sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo;
Porque fuerte
es como la muerte el amor;
Duros como el
Seol los celos;
Sus brasas,
brasas de fuego, fuerte llama.
Las muchas
aguas no podrán apagar el amor,
Ni lo
ahogarán los ríos.
Si diese el
hombre todos los bienes de su casa por este amor,
De
cierto lo menospreciarían. (Cantares 8:6 y 7)
Quien
de nuestro Padre está aprendiendo amar, entiende que amar trasciende a la
emoción, a la necesidad y a la sensación.
Aunque está impregnado de todo ello, entiende que es la decisión, el
compromiso y la determinación de construir una vida junto a su conyugue, un
mejor sustento para su amor. Quien de nuestro Padre está aprendiendo a amar,
deja de lado el temor a ser vulnerable, el temor a la decisión equivocada, el
temor a ser engañado, pues el amor perfecto que emana del corazón de Dios, ha
sanado su alma y puede sin duda alguna, amar por quien se decidió.
Es el
amor que se sustenta en Dios lo que hace solida la vida conyugal. No se debilita ni el tiempo lo acartona; al
contrario se fortalece con los años y encuentras nuevas formas de ser expresado
y recibido. Se disfruta con mayor intensidad
y se vive en la libertad de entenderse uno con su conyugue. Es ese amor que, a pesar de nuestros defectos,
nos motiva a darle al conyugue valor por encima de cualquier otra persona y nos
motiva a construir una vida juntos, la cual no es una opción abandonar.

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