¿QUE DESEAS?
He deseado tu salvación, oh Jehová,
Y tu ley es mi delicia. (salmo 119:174)
¿Qué
deseamos? ¿Un Smartphone? ¿Un auto? ¿Un mejor empleo o aumento de sueldo? ¿Un
hijo? ¿Un esposo o esposa? ¿Ser amado por la persona que amo? ¿Una
familia? Nada de eso esta mal. Son buenos deseos que seguramente alcanzarlos
nos darán estabilidad emocional por un tiempo.
El problema radica cuando ello es lo único que podemos desear y para lo
que tenemos tiempo, interés y energía emocional.
No
obsesionamos tanto por algo o por alguien que no existe en nuestra mente
espacio para nada más. Se convierte en
nuestro “único” y absolutamente nada sobre esta tierra nos da contentamiento que
no sea el objeto de nuestro deseo.
Gastamos nuestro dinero en ello, le damos lo mejor de nuestro día, todos
nuestro pensamiento y cada uno de nuestros afectos. Ello no es sano y nos aleja de la
posibilidad de ser felices en verdad, pues son deseos que intoxican y dañan el
alma pues no vienen de Dios aunque sean socialmente correctos.
En
medio toda ese nube de posibilidades de deseos existe uno que nunca creará
dolor en nuestra vida: La salvación de Dios.
Desear la obra de Dios en nuestra vida siempre y sin duda, traerá sanidad
a nuestra alma. Su salvación me sana, me
hace nuevo cada día, me da una visión correcta de la vida en esta tierra, me
enseña a crecer, fructificar y madurar y me da vida eterna. Su salvación es medicina a mi cuerpo y alma y
siempre dejará en mi vida un buen sabor de boca. De todo lo que es posible desear, aprendamos
a desear la salvación de Dios, pues sin duda ello nos dará una mejor vida aquí y
en la eternidad.


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